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Cada vez que Julián mencionaba las proyecciones trimestrales, el bebé respondía con un balbuceo ensordecedor.
A pesar del desastre, algo cambió. Julián, el hombre que nunca sonreía, terminó la tarde con las mangas arremangadas y restos de puré de manzana en la mejilla, meciendo al pequeño hasta que se durmió. Elara lo observó desde la puerta, dándose cuenta de que el jefe de hielo finalmente se estaba derritiendo. Un jefe, un bebe y una asistente en problemas- ...
—Mi hermana tuvo una emergencia —dijo Julián, con una sombra de pánico en los ojos—. Tienes que ayudarme. Elara lo observó desde la puerta, dándose cuenta
—No. Ayúdame con... esto —señaló al pequeño, que en ese momento lanzó un grito de guerra y soltó una bocanada de leche directamente sobre el hombro del traje italiano de Julián. un café hirviendo y su celular
Elara adjustó sus lentes mientras equilibraba tres carpetas, un café hirviendo y su celular, que vibraba sin descanso. Era lunes por la mañana y el caos ya se sentía cómodo en su escritorio.
Elara tuvo que improvisar un babero con un pañuelo de bolsillo de $200 dólares.