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—Podríamos intentarlo —le había dicho ella aquella tarde, con la voz rota—. La distancia es solo un número.
—La distancia destruye lo que no se puede tocar, Elena —respondió él, con una tristeza infinita en los ojos—. No quiero que nos convirtamos en fantasmas que habitan en la memoria del otro. Quiero que vivas.
Al abrir la puerta, el viento helado le azotó el rostro. Frente a ella, empapado por la tormenta y con los hombros ligeramente encorvados por el peso de los años y el cansancio, estaba él. Julián no llevaba equipaje, solo sostenía una pequeña caja de madera entre sus manos. Sus ojos, antes llenos de la urgencia de la juventud, ahora reflejaban una calma profunda y una determinación inquebrantable. Amarte fue la razon - Jenny Del.epub
—He vuelto —dijo Julián finalmente. Su voz era más grave, madurada por los inviernos lejos de casa—. Me tomó una década entender que el único lugar al que pertenezco es donde estés tú.
Y ella había vivido. Había continuado con su carrera, había sonreído a nuevos amaneceres y había aprendido a caminar sin buscar su mano al cruzar la calle. Pero vivir no significaba haber dejado de amar. Aquel sentimiento se había transformado; ya no era una hoguera ardiente que lo consumía todo, sino una brasa constante y cálida en el fondo de su alma. No quiero que nos convirtamos en fantasmas que
—¿Por qué ahora? —preguntó Elena en un susurro, sintiendo que las barreras que tanto le costó construir empezaban a desmoronarse.
Julián extendió la mano y, con infinita delicadeza, apartó un mechón de cabello mojado de la mejilla de Elena. Su tacto seguía siendo el mismo refugio de antaño. Frente a ella, empapado por la tormenta y
Elena abrió el cuaderno. La tinta, ligeramente descolorida, revelaba la caligrafía apresurada de Julián. Había una carta doblada en su interior, fechada en su última noche juntos. La leyó por milésima vez, buscando en aquellas palabras la absolución que nunca llegó a concederse a sí misma.